Mafias en la frontera mexicana

México tiguana internacional la voz de la gente

No hay refugio en El Chaparral

En Tijuana, los migrantes son perseguidos por los mismos delincuentes de los que huyen

Para librarse del terror sembrado por las bandas del crimen desorganizado no basta con recorrer 4500 kilómetros desde Tegucigalpa, El Salvador, Ciudad Guatemala o algo menos desde el sur de México. Aquí, en el improvisado campamento del Chaparral, junto al cruce fronterizo de Tijuana, unos 2000 migrantes -la mayor parte centroamericanos- esperan el interminable trámite de sus solicitudes de asilo en Estados Unidos. Piden el estatus de refugiado por el grave peligro que corren en sus países de origen de ser asesinados, torturados, violados.

Pero en el mismo campamento de Tijuana, a escasos metros del oxidado muro de acero, se encuentran también los responsables de su huida. “No estamos seguros aquí. En la caravana han venido los mismos delincuentes, que siguen a la gente que les debe dinero”, explica Damaris, que ha viajado desde San Salvador con tres hijos, pese a tener solo 23 años. “Nos vigilan, andan con manchas en la piel”, añade otra salvadoreña que perdió a un hijo antes de emprender el largo viaje al norte. Los pandilleros de grupos como la Mara Salvatrucha (MS13) suelen lucir tatuajes desde la cabeza hasta los pies.

LV_No hay refugio en El Chaparral | Andy Robinson

Ciudadanos haitianos en la frontera mexicana con Estados Unidos AP Photo/Eugene Garcia

Sale caro no pagar la “protección” de los extorsionadores centroamericanos o negarse a ser pandillero si ellos quieren. “Mataron a varios familiares míos; y a mi hermana y a mí nos vienen persiguiendo”, dice Lorena, de 18 años, que ha viajado desde Tegucigalpa con su marido, madre y dos hermanos.

64.000 niños no acompañados han llegado a la frontera en lo que va de año

Luego están los que trafican con las personas, los “coyotes”. El pasaje a EE.UU. cuesta en estos momentos unos 7.000 dólares –el equivalente al salario medio anual en Honduras-, que suelen pagar los familiares del migrante residentes en Estados Unidos. Los coyotes, controlados indirectamente por los cárteles de narcotraficantes de la frontera, cobran algo menos si se trata de madre e hijo. Se calcula que unos 64.000 niños no acompañados han llegado a la frontera en lo que va de año. Se suelen entregar a la patrulla fronteriza, y de esta manera cuesta menos “cruzarlos”.

Después de que se haya disparado la migración en los últimos meses, los ingresos por tráfico de personas constituyen el mejor negocio para los cárteles. Cuantos más controles, más ingresos para los coyotes. Uno de cada tres migrantes detenido este año por la patrulla fronteriza estadounidense volvía a cruzar tras ser deportado.

A principios de este mes, Alejandro Mayorkas, responsable de seguridad interna de la administración Biden, anunció el fin del odiado programa «Remain in México” (permanecer en México) que, durante los años de Donald Trump, forzó a 71.000 refugiados, la mayoría centroamericanos, a permanecer en las peligrosas ciudades de la frontera, de Tijuana a Matamoros, mientras esperaban el resultado de sus solicitudes. Con Biden se ha permitido ya la entrada de 11.000.

Pero el resto permanece en México, muchos hacinados en campamentos como el del Chaparral, donde la vida vale muy poco. Es más, la polémica decisión de Biden de mantener la draconiana medida sanitaria conocida como Título 42 -que permite la expulsión inmediata debido al supuesto riesgo de contagio por la covid- ha llevado los campamentos al borde del colapso. “Aislar a los solicitantes de asilo en México les pone en peligro de ser descubiertos por los perseguidores de los que huyen”, resume Julia Nueuner en un informe de la oenegé Human Rights First.

Control de los cárteles

Unas 90.000 familias mexicanas han denunciado la desaparición de seres queridos en la última década

En plena ola de calor, en el desierto, con temperaturas de hasta 47 grados en el interior, intentar cruzar a pie es más peligroso que nunca. Pero esperar en el Chaparral no es mucho mejor. En una de las tiendas del campamento, Kerland Pierre, haitiana de 24 años, salpica de agua a su hija de dos años y la abanica con un librito. Hace dos meses las autoridades retiraron los aseos portacabinas y ahora los refugiados tienen que pagar por ir al baño.

Viven bajo condiciones insalubres e humillantes. Pero el miedo a las bandas es mucho peor. No solo para los centroamericanos. Armando Hernández, que trabajaba en las plantaciones de limoneros de Michoacán, huyó de las masacres perpetradas por grupos delincuentes con nombres tan sugerentes Los Viagras o los Caballeros Templarios. 

“Salimos huyendo para evitar que nos asesinaran”, explica. Pueblos en Michoacán, como Aguilila y El Aguaje se han vaciado debido a las guerras entre el cártel Jalisco Nueva Generación y Cárteles Unidos de Michoacán. “Toman un pueblo, lo desalojan y lo roban todo”, dice. “Tengo mucho familiares desaparecidos”. Unas 90.000 familias mexicanas han denunciado la desaparición de seres queridos en la última década.

Lucha contra las mafias

López Obrador ha optado por militarizar la seguridad, táctica que fracasó en tiempos de Calderón

El Chaparral tampoco es un refugio para Hernández. El cártel Jalisco Nueva Generación extiende su influencia en Tijuana, uno de los siete municipios mexicanos que se encuentran entre las diez ciudades más violentas del mundo. “Las personas que hacen daño en Michoacán andan aquí también, es lo mismo”.

La vicepresidenta estadounidense, Kamala Harris -que visitó el viernes la ciudad fronteriza de El Paso pero no cruzó a Ciudad Juárez, otra ciudad entre las diez más peligrosas del mundo- se ha comprometido trabajar conjuntamente con las fuerzas policiales para combatir el tráfico de seres humanos y las desapariciones.

Pero hay un problema con este plan. Como explican los migrantes entrevistados en el Chaparral, tanto en El Salvador como en Honduras, México o Guatemala, los delincuentes son los propios policías. “Unos policías agarraron a un primo mío en Tegucigalpa y se lo entregaron a los que lo iban a matar”, dice Lorena. En México también los policías “salen de su turno y se quitan el uniforme para juntarse con los delincuentes”, añade Hernández.

Ernesto Falk, analista del Crisis Group, cita testimonios directos del cártel Jalisco Nueva Generación para comprobar la complicidad entre los cárteles y la policía. El presidente mexicano Andrés Manuel López Obrador ha optado por militarizar la seguridad. Pero ya se comprobó durante la guerra contra los cárteles librada por Felipe Calderón hace diez años que cientos de desapariciones fueron obra precisamente de las fuerzas armadas.

La vulnerabilidad de los migrantes quedó clara en febrero de este año cuando un grupo de policías de élite- Grupo de Operaciones Especiales-, todos entrenados en Estados Unidos, mató a 14 migrantes guatemaltecos y otras cinco personas en Tamaulipas. La única fuerza que tienen los migrantes en El Chaparral es la unidad. Cuando, al final de la conversación, todos posaron para un video, alguien gritó en inglés: “Pure latin power!”. Pero, detrás, dos hombres en un abollado coche blanco miraban con cara de pocos amigos.

Fuente: lavanguardia

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